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El lunes por la mañana, Valeria salió de casa más temprano que de costumbre. Tenía una cita en una oficina nueva y no quería llegar tarde. Caminó hasta la parada de autobús, pero allí no encontró el cartel habitual.
En la calle había una valla y un aviso pequeño. Valeria lo leyó dos veces. La parada se había trasladado a otra avenida porque estaban arreglando la acera. El aviso decía que la nueva parada estaba a cinco minutos, pero no explicaba en qué dirección.
Valeria preguntó a un hombre que paseaba con su perro. Él conocía la zona y le señaló una esquina. También le dijo que debía cruzar la plaza y girar después de la farmacia. Valeria le dio las gracias y siguió sus indicaciones.
Cuando llegó a la esquina, vio a varias personas esperando. Una señora le confirmó que aquella era la parada nueva. El autobús apareció unos minutos más tarde, pero iba bastante lleno. Valeria subió y se quedó de pie junto a la puerta.
Durante el viaje, revisó la dirección de la oficina. Entonces se dio cuenta de que había tomado la línea equivocada. Le pidió ayuda al conductor, quien le explicó que debía bajar en la próxima parada y tomar otro autobús desde la calle de atrás.
Valeria se bajó, cruzó la calle y esperó de nuevo. Esta vez el autobús llegó rápido. La cita empezó diez minutos más tarde de lo previsto, pero la recepcionista todavía la estaba esperando.
Al regresar a casa, Valeria fotografió el aviso de la nueva parada. Pensó que podía ser útil para sus vecinos. Al día siguiente, el ayuntamiento colocó un cartel más grande. Ahora nadie tenía que adivinar dónde esperar.