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El lunes por la tarde, Julia encontró un paquete en la entrada de su edificio. La lluvia había mojado la etiqueta y el apellido no se podía leer. Solo aparecía un nombre: Marina. Julia no conocía a ninguna vecina con ese nombre.
Como la puerta de la calle no cerraba bien, Julia llevó el paquete a su piso. Después escribió un mensaje en el grupo del edificio, pero nadie respondió. Entonces decidió buscar a Marina. Primero llamó a la puerta de una señora del segundo piso. Se llamaba Marisa, no Marina, pero quiso ayudarla.
Las dos preguntaron en el tercer y en el cuarto piso. Un estudiante les dijo que una familia nueva vivía arriba. El ascensor no funcionaba, así que Julia y Marisa subieron por las escaleras.
En el quinto piso, una mujer abrió la puerta y vio el paquete.
—¡Es mío! Me llamo Marina —dijo con una sonrisa.
Dentro había pinturas para un proyecto escolar de su hija. La dirección era correcta, pero la familia todavía no tenía su nombre en el timbre. Marina les ofreció chocolate para darles las gracias.
Al día siguiente, Julia vio una tarjeta nueva junto al timbre del quinto piso. Ahora el nombre de Marina se leía con claridad. Además, Julia ya conocía a dos vecinas más que antes.