A patient citizen waiting inside an immense surreal government archive
C2Guided reading

El Ministerio de las Respuestas Pendientes

The Ministry of Pending Answers

31 min reading
1029 words

A bureaucratic satire told by an unreliable retired official, using euphemism, ironic self-justification, and layered subordinate clauses.

Tap a word for meaning, grammar, and pronunciation.

Select any word for its meaning, grammar, and pronunciation

Quien afirme que el Ministerio de las Respuestas Pendientes no responde desconoce la diferencia entre producir una respuesta y garantizar que se encuentre en condiciones de ser producida. Lo segundo exige bastante más personal. Me corresponde aclararlo porque durante treinta años supervisé su Archivo de Incertidumbres y porque, desde mi jubilación, han circulado versiones inexactas sobre el expediente de una farola. Admito que el caso perjudicó nuestra imagen. Pero una institución no puede medirse por la facilidad con que una lámpara se enciende: las lámparas carecen de obligaciones jurídicas y trabajan, además, sin consultar a nadie. El Ministerio nació para atender preguntas que otras oficinas se devolvían con admirable perseverancia. Su decreto prometía una respuesta «en el plazo que su debida consideración exigiese». La fórmula nos protegía tanto de la precipitación como del calendario. Don Próspero Ledesma, nuestro primer ministro, explicó que dar una respuesta demasiado pronto podía impedir que la pregunta desarrollara todas sus posibilidades. La prensa resumió aquello como una promesa de organizar la demora. Había cierta injusticia en el titular: la demora ya existía y lo que ofrecíamos era una estructura donde pudiera prosperar ordenadamente. Nuestra sede ocupaba una estación abandonada. Los antiguos andenes resultaban ideales para almacenar expedientes que, por su naturaleza, tampoco viajaban. Se conservó el gran reloj, detenido a las cuatro y doce, mientras una comisión determinaba si reparar sus agujas constituiría mantenimiento o alteración del patrimonio. Entretanto, los ciudadanos presentaban cada pregunta por triplicado: una copia para leer, otra para verificar la lectura y una tercera destinada a demostrar, llegado el caso, que se había podido leer. Nadie podrá acusarnos de no haber previsto la eventualidad de una pérdida. Jacinta Vero tenía una mercería frente al edificio. Una mañana acudió a preguntar por qué las farolas se encendían de día y se apagaban de noche. El funcionario de admisión observó que la solicitud reunía una causa, dos horarios y una queja, combinación que obligaba a tramitar tres expedientes. Ella quiso saber cuál de los tres haría que funcionaran correctamente. Se le explicó que eso constituía una solicitud de actuación. «Entonces pregunto cuándo van a actuar», dijo. El funcionario, con paciencia ejemplar, respondió que no podía admitirse una fecha referida a una actuación todavía no acreditada. Tras varias correcciones, la pregunta quedó reducida a «¿Van a actuar?», formulación de impecable modestia. Jacinta recibió un número y acceso al portal de consultas. Allí podía comprobar si el expediente estaba recibido, pendiente de análisis o pendiente de determinar si procedía analizarlo. El portal ofrecía también la categoría «resuelto a falta de respuesta», cuyo nombre provocó comentarios poco informados. Resolver es un acto administrativo; contestar, uno de sus efectos posibles. Quien confunde ambos términos suele ser la misma persona que supone que, por haber firmado un recibo, uno debe recibir algo. El asunto pasó a Infraestructuras, donde se reconoció la existencia de una farola, y de allí a Energía, que admitió su relación con la electricidad. Horarios señaló que la noche caía fuera de su jornada laboral. Se propuso celebrar una reunión conjunta, pero determinar su hora requería precisamente el informe de Horarios. Conviene subrayar que ninguna unidad se negó a colaborar. Todas esperaban a que las otras aportaran los elementos necesarios. Esa disposición unánime a esperar fue interpretada después como resistencia, cuando constituía una forma muy exigente de confianza entre departamentos. La impaciencia de Jacinta creció sin respetar la evolución del expediente. Volvió a la sede y encontró la ventanilla trasladada al sexto andén. Una señal conducía a una pared, circunstancia desafortunada que no podía corregirse mientras la pared no figurase en el plano vigente. La ciudadana rodeó el edificio y entró por la puerta de proveedores. Allí conoció a Celia, una empleada joven que confundía todavía la utilidad con el cumplimiento de sus funciones. Al reconocer el número de la farola, Celia le dijo, en voz baja, que quizá el sensor estuviera al revés. No cuestiono que pudiera estarlo. Cuestiono el valor administrativo de «quizá». Una hipótesis necesita informe; el informe, firma; la firma, competencia reconocida. Celia poseía curiosidad, atributo que nuestro reglamento no consideraba suficiente para intervenir en instalaciones eléctricas. Jacinta, por su parte, tenía una escalera. La combinación resultó peligrosa: aquella misma noche giraron el sensor y la farola se encendió al oscurecer. Los vecinos aplaudieron. Debo reconocer que el alumbrado mejoró, aunque ningún aplauso podía subsanar la falta de autorización. Algunas mejoras son extraordinariamente difíciles de justificar una vez realizadas. El expediente tuvo que dividirse. La pregunta sobre el funcionamiento había perdido su objeto; la relativa a la legitimidad de haberlo corregido adquirió carácter urgente. Se concedieron diez días a Jacinta para explicar por qué actuó antes de recibir respuesta. Contestó: «Porque era de noche». El sistema rechazó el escrito, no por exceso de claridad, como se dijo, sino por insuficiente desarrollo de antecedentes. Celia añadió tres párrafos sobre seguridad vecinal y prevención de tropiezos. El documento pudo registrarse. Fue la última contribución de aquella empleada al funcionamiento regular del Ministerio. Poco después renunció y abrió con Jacinta un negocio de reparaciones. Desde mi despacho veía un cartel que decía «Pregunte, pero deje que miremos». Lo consideré una invitación de dudoso alcance. Resolvieron problemas modestos y, cuando no podían, decían que no sabían. La franqueza atrajo a muchos clientes, incluidos funcionarios que cruzaban la calle durante el almuerzo. No me opongo a esa expresión en conversaciones privadas. Dentro de una institución, sin embargo, «no sabemos» exige precisar quiénes no saben, desde cuándo y si desconocen todos lo mismo. La ignorancia pública requiere una coordinación de la que el comercio particular suele prescindir. La auditoría del primer aniversario declaró que cumplíamos nuestros objetivos: ninguna norma establecía un número mínimo de respuestas. Recomendó mejorar la percepción del público y renovamos el portal con una animación de puntos en círculo. El movimiento ayudaba a soportar la espera. El expediente de Jacinta permanece «resuelto a falta de respuesta», estado que ella interpreta señalando la farola. Yo prefiero pensar que sigue abierto a nuevas consideraciones. Anoche, al pasar frente a su tienda, vi apagada la lámpara y sentí un alivio que enseguida me avergonzó. Luego comprendí que estaban cambiando la bombilla. No habían necesitado preguntarnos nada.