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El acento de los otros

Other People's Accents

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1099 words

A sociolinguistic essay on accent prejudice, the myth of neutral Spanish, and how pronunciation shapes belonging and authority.

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Hay personas que aseguran no tener acento. Lo dicen con la tranquilidad de quien declara no tener sombra, como si la propia voz constituyera la medida invisible de todas las demás. El acento aparece entonces en boca ajena: en la melodía que se estira, en la consonante que se suaviza, en la velocidad que parece excesiva o en esa palabra cuyo significado se entiende perfectamente, aunque se pronuncie de una manera que el oyente no esperaba. El hablante sin acento no carece de rasgos; disfruta de la ventaja de que los suyos hayan sido convertidos en norma. No existe una pronunciación desnuda de historia. Cada voz lleva consigo una geografía, una educación, una familia, una clase social, una migración o una mezcla de todas ellas. Incluso dentro de una misma ciudad se pueden reconocer diferencias que no siempre se nombran. Hay quien modula su entonación en una entrevista, quien reduce determinadas marcas para no ser juzgado y quien recupera en casa una manera de hablar que había escondido durante el día. El acento no es un accesorio que se añade a una lengua ya terminada: es una de las formas en que la lengua se vuelve experiencia. Sin embargo, las sociedades suelen distribuir prestigio y sospecha a partir de la pronunciación. Una voz se considera clara porque se parece a la voz que domina los medios, las aulas o las oficinas; otra se considera difícil porque obliga al oyente a abandonar la comodidad de su costumbre. La supuesta dificultad puede ser real durante los primeros segundos de escucha, pero de ahí no se sigue que el hablante sea menos competente. Confundir el esfuerzo del oyente con la falta de capacidad del otro es una de las pequeñas injusticias que se repiten con una frecuencia alarmante. Los nombres, por supuesto, no son el único lugar donde se negocia la pertenencia. Una alumna llegada de otro país puede dominar la sintaxis, leer con brillantez y aun así recibir la recomendación de «hablar más neutro» durante una presentación. La recomendación suele formularse como ayuda, pero la palabra neutro encubre una petición concreta: que la alumna haga menos visible su procedencia. Si se le explicara qué sonidos producen confusión o qué ritmo dificulta la comprensión, la sugerencia tendría un objetivo comunicativo. Cuando se le pide neutralidad, se le pide en realidad que se acerque a un centro imaginario. Ese centro cambia según el lugar. La pronunciación considerada prestigiosa en una capital puede sonar marcada en otra región; la que se presenta como correcta en un estudio de televisión puede resultar artificial en una conversación cotidiana. Incluso las instituciones que proclaman una norma estable la modifican con el tiempo. Algunas formas que antes se juzgaban vulgares entran en los medios, y otras que parecían elegantes adquieren un tono afectado. La lengua no permanece quieta mientras los manuales intentan fotografiarla. El problema no consiste en que existan variedades ni en que las personas prefieran una. Las preferencias son inevitables y, en ciertos contextos, conviene ajustar el registro para facilitar la comunicación. Un presentador de noticias, un actor y un médico pueden necesitar recursos distintos. La dificultad aparece cuando una elección de registro se convierte en una escala moral. Si una voz se asocia con inteligencia y otra con ignorancia antes de escuchar lo que dice, la conversación empieza con una desigualdad que el contenido difícilmente puede corregir. La industria de la atención telefónica ofrece una escena especialmente reveladora. A algunos trabajadores se les pide que reduzcan su acento para que los clientes no «tengan problemas». La empresa puede argumentar que busca eficacia, pero rara vez exige la misma adaptación a la persona que llama desde una zona privilegiada. El trabajador debe hacer transparente su historia para que el consumidor no abandone la llamada. La comprensión, que debería construirse entre dos interlocutores, se presenta como una responsabilidad unilateral. No todos los ajustes son opresivos. Una persona que aprende otra lengua intenta modificar sonidos porque desea ser entendida, y un hablante nativo puede elegir palabras más extendidas cuando se dirige a alguien que está aprendiendo. La diferencia reside en la reciprocidad y en el propósito. Ajustar una pronunciación para abrir un puente no equivale a borrar la voz para demostrar que se merece cruzarlo. La misma conducta externa puede tener un significado muy distinto según quién la solicite, quién pueda negarse y qué consecuencias tenga el rechazo. La escuela puede reforzar o cuestionar ese mecanismo. Enseñar una variedad estándar ayuda a los estudiantes a acceder a determinados textos y espacios institucionales; sería irresponsable ocultar ese hecho. Pero enseñar una herramienta de movilidad no debería equivaler a declarar defectuosa la lengua familiar. Un alumno puede aprender a escribir en un registro académico sin que se le exija despreciar la conversación de su barrio. La educación lingüística se vuelve más justa cuando explica qué opción sirve para qué situación y quién ha decidido que una opción tenga más autoridad. La distinción entre corrección y adecuación resulta útil, aunque no resuelva todas las disputas. Hay errores que impiden comprender una frase y conviene señalarlos con precisión. También hay diferencias que no son errores, sino rasgos de una variedad. El problema es que muchas correcciones no buscan mejorar el significado, sino vigilar la pertenencia. Se corrige una palabra que todos han entendido porque su sonido identifica demasiado al hablante. La gramática sirve entonces de excusa para una clasificación social. De ahí que una corrección aparentemente técnica pueda ordenar también a las personas y decidir qué biografías merecen ser escuchadas con verdadera paciencia. Por eso la expresión «habla como nosotros» tiene un alcance político aunque se pronuncie en una conversación familiar. ¿Quiénes somos nosotros? ¿Qué variedad se ha elegido como punto de partida? ¿Quién queda fuera cuando la pertenencia se mide por la capacidad de borrar una melodía? La pregunta puede parecer exagerada hasta que se observan sus consecuencias: una entrevista perdida, una denuncia que se toma menos en serio, un alumno que deja de participar o una persona mayor que evita llamar a un servicio porque espera que se rían de ella. Cuando alguien afirma que una persona «tiene mucho acento», quizá esté describiendo una impresión auditiva. Pero también puede estar revelando la estrechez de su propio oído. No sabemos qué voces han sido excluidas de su idea de normalidad hasta que una voz diferente la desordena. Escuchar esa desorganización sin castigar a quien la provoca es una forma pequeña de justicia. Y quizá sea la única manera de que el idioma, en lugar de exigir que los otros se vuelvan parecidos, nos enseñe a reconocer cuántos otros hemos sido siempre.